
Vivimos en la era de las etiquetas rápidas. Si algo no sale como esperábamos, lo llamamos fracaso. Si aparece un obstáculo, lo bautizamos como mala suerte. Tenemos una necesidad casi urgente de ponerle nombre a lo que nos pasa, como si eso nos diera control. Pero la vida —como los buenos relatos— rara vez revela el sentido completo en el primer capítulo. En estos meses, atravesando mis propios laberintos de salud, incertidumbre y pausas obligadas, volví a encontrarme con una historia milenaria que me ayudó a recuperar perspectiva. Es simple, conocida, pero profundamente incómoda para nuestra lógica actual. Cuenta la historia que un campesino perdió su único caballo. Los vecinos se acercaron de inmediato: —¡Qué mala suerte! El hombre respondió, sereno: —Mala suerte, buena suerte… ¿quién sabe? Días después, el caballo regresó acompañado de varios caballos salvajes. —¡Qué buena suerte! —celebraron todos. —¿Quién sabe? —repitió el campesino. Más tarde, su hijo intentó domar uno de esos caballos, cayó y se quebró una pierna. —¡Qué mala suerte! Tiempo después estalló una guerra y se llevaron a todos los jóvenes del pueblo, excepto al hijo del campesino, que no podía combatir. —¡Qué buena suerte! Y, una vez más, la misma respuesta: —¿Quién sabe? La trampa de poner etiquetas ¿Por qué nos cuesta tanto convivir con ese “quién sabe”? Porque la incertidumbre incomoda. Preferimos una explicación cerrada —aunque sea negativa— antes que aceptar que no vemos el cuadro completo. Sin embargo, la actitud del campesino no es resignación ni pasividad: es templanza. Muchas veces el dolor de hoy es el terreno donde germina el crecimiento de mañana. No se trata de negar lo difícil —yo mismo puedo dar testimonio de eso—, sino de aceptar que estamos juzgando la historia mientras todavía se está escribiendo. Una pregunta necesaria Te propongo algo simple, pero no fácil: mirá eso que hoy te preocupa. La puerta que se cerró. El proyecto que se frenó. El plan que cambió sin pedir permiso. ¿Y si eso que llamás “mala suerte” es, en realidad, el espacio que necesitabas para que algo distinto aparezca? ¿Y si, por una vez, te permitís no etiquetar lo que te pasa y simplemente decir: “quién sabe”? A veces, soltar la necesidad de tener razón sobre nuestro destino es el primer paso para empezar a vivirlo con más liviandad. Porque la suerte no es solo lo que nos pasa, sino lo que hacemos con eso que nos pasa. Un sentido para el dolor No quiero cerrar esta reflexión sin mencionar a quien considero un faro en estos temas: Viktor Frankl. En El hombre en busca de sentido, escrito tras sobrevivir a los campos de concentración, nos deja una idea potente: cuando ya no podemos cambiar una situación, el desafío es cambiarnos a nosotros mismos. La próxima vez que sientas que la “mala suerte” te golpea la puerta, acordate del campesino. Acordate de Frankl. Tal vez el sentido no aparezca hoy ni mañana, pero si conservás la libertad de elegir tu actitud, ya habrás ganado la batalla más importante. Ojalá estas palabras te sirvan como a mí me sirvieron. Tal vez el secreto esté en animarse a mirar un poco más allá del momento, agradecer lo que todavía está en pie y confiar —aunque cueste— en que el futuro puede sorprendernos. Hasta la próxima historia



