El italiano Giuseppe Tornatore – guionista, director y productor
cinematográfico-, suele esgrimir, como argumento valorativo del cine, la
irremplazable experiencia emotiva que genera socialmente la posibilidad
de ver una película en una sala junto a otras personas. “Es un acto de
comunión que lo define. El cine no es una película; el cine es ver esa
película con gente que, como tú, llora, ríe, se aburre, canta… Se podrán
modificar o mejorar con nuevas tecnologías las salas cuanto se quiera,
pero la sala no morirá nunca. Es más, con cada película se nace de nuevo.
No sólo escuchas o ves una historia, la vives. Y la vives en compañía de los
otros que son como tú. El cine es una experiencia colectiva por
excelencia”.
Será por eso, tal vez, que las bestias brutas que nos gobiernan,
acérrimos militantes del más patético individualismo, atacan y
desfinancian sistemáticamente, entre tantas otras cosas, la producción
audiovisual argentina. En tanto, la sola mención de Tornatore nos trae
indefectiblemente a la memoria su obra culmine: Cinema Paradiso, una
emocionante historia de amor por el cine vivenciada por Totó y Alfredo,
un operador que oficia como su maestro en el arte de proyectar películas
en una pequeña sala de un pueblo siciliano.
El film, estrenado en 1988, ganó el premio Oscar como mejor película
de lengua no inglesa y la banda sonora creada e interpretada por Ennio y
Andrea Morricone se constituyó en una marca registrada, una caricia
musical que enmarcó a la perfección cada una de las emotivas escenas de
la película.
El sacerdote Adelfio, cual, si fuera un desquiciado funcionario del
régimen mileinista, era el oscuro censor que, campanita de por medio, le
ordenaba a Alfredo cortar la cinta en las partes en la que los protagonistas
se besaban apasionadamente, románticamente. Por su parte, el público en
la sala abucheaba y maldecía la arbitraria censura ejercida por el cura.
Aquellas imágenes arrancadas, amputadas por Adelfio, luego serán parte
constitutiva de unos de los finales más conmovedores de la historia de la
cinematografía mundial.
¿Recuerdan? Salvatore, un afamado director de cine, treinta años
después de su partida, tras el anuncio de la muerte de Alfredo, regresa al
pueblo y se rencuentra con un carrete que su viejo maestro le había
dejado como legado. Allí, en la cinta, reverdecen todos los besos que la
mano censora del cura había arrancado de las pantallas. La música de
Morricone acuna el corazón de los espectadores, quienes, con los ojos
empapados en lágrimas, se rinden voluntariamente ante un
acontecimiento artístico sin par.
Escribo estas humildes líneas, revivo en tinta y papel escenas
cinematográficas, actos colectivos que definen la esencia del cine. Paso
otra vez por el corazón y mientras camino sigilosamente por la cornisa en
las cuales echan raíces las pasiones, me pregunto, por enésima vez, si esta
crónica, si este nuevo desafío, si esta columna servirá para algo, si será al
menos un granito de arena en la desigual batalla cultural que libramos
algunos contra la feroz deshumanización del mundo que propone el
bando enemigo.
Escribo estas líneas en una era donde la crueldad está de moda, en
tiempos donde mostrarse como un reverendo mal parido te puede
catapultar hasta la mismísima presidencia de una nación, escribo deseoso
de encontrar del otro lado a cientos, a miles de hombres y mujeres que
resisten y en absoluta desventaja todavía dan pelea. A todas y a todos
ellos les regalo una cinta imaginaria, un rollo, un carrete como el que don
Alfredo le obsequio a Totó en el final de Cinema Paradiso.
En esa pantalla, sentados en una vieja butaca color marrón, cercanos a
los seres que amamos, observaremos embelesados lo que un haz de luz
proyectará sobre la tela blanca. Milagrosamente reaparecerán ante
nuestros ojos escenas y personajes que nos ayudarán a seguir de pie,
imágenes que nos permitirán vivir una nueva experiencia emotiva con
otros, porque la patria, por más que les pese a muchos, siempre será el
otro.
Ahí están, ¿los ven? ¿En la pantalla? Ahí vuelven a reverdecer todos los
besos que dimos y todos los besos que no hemos dado. Ahí están nuestros
grandes amores, lo que nunca pudieron ser y los que un día serán. Ahí
están las compañeras y los compañeros desaparecidos, ahí los veo a los
pibes de Malvinas, ahí están todos los obreros dignos que murieron
peleando en las calles, defendiendo a sangre y verdad la dignidad de
futuros trabajadores. ¡Vean carajo! Ahí está Eva Capitana, el Che, el
General, Néstor, Diego, el Gringo Tosco, Atilio López, el maestro Carlos
Fuentealba. ¿Los ven a Darío Santillán y a Maximiliano Kosteky? Allí están
entre otras y otros Rodolfo Walsh, Atahualpa, la Negra Sosa, Raúl
Alfonsín, Saúl Ubaldini, Arturo Jauretche, Discepolín, Hugo Chávez, Fidel,
Pino Solanas, Hugo Arana, José Pablo Feinmann, las abuelas y las madres
de los pañuelos, Víctor Jara, Salvador Allende, Leonardo Favio, y Osvaldo
Bayer.
Ahí en la pantalla están nuestras mejores utopías, nuestros sueños, allí
en la imaginaria pantalla revive todo lo que la maldita dictadura
pretendió censurar por siempre. Allí y aquí estamos todas y todos,
humanos, patriotas, porque patria, patria es humanidad.
Mario Giannoti (Docente. Periodista. Escritor. Maradoniano)


