El viernes 2 de junio, el flamante estadio Ciudad de Mar del Plata levantó su macabro telón y puso en escena los primeros actos de una obra dramática, barbarie guionada y dirigida por un puñado de golpistas. Ajenos a las atrocidades pergeñadas por los dictadores, los futbolistas de Italia y Francia hicieron su presentación en sociedad en la Copa del Mundo Argentina 1978.
Fue triunfo azzurro por 2 tantos contra 1, aunque la portada de los diarios fue para el delantero galo Bernard Lacombe, quien marcó a los 38 segundos de juego el primer gol de la cita ecuménica. También fue de cabeza, y en el mismo arco donde gritó el Ñato Aldo Varales, delantero de la Selección de Tandil, el primero de todos, el 21 de mayo en la inauguración oficial del coloso de cemento en el enfrentamiento entre el combinado local y su par serrano.
Un francés fue el primer artillero en el Mundialista, días después, una delegación francesa denunciaba las atrocidades que cometían los genocidas en el país. En los medios, especialmente en el programa televisivo de los almuerzos, Mirtha Legrand y Susana Giménez defendían al presidente Videla y descalificaban a quienes venían a poner en palabras la tortura y desaparición forzosa de personas que se perpetraban en la Argentina.
El sábado 3, bajo una tenue llovizna, Brasil y Suecia se enfrentaron en el miserable y muy maltrecho césped del estadio marplatense. Allí ocurrió un hecho insólito, el árbitro Clive Thomas hizo sonar su silbato a los 45 minutos y 8 segundos del segundo tiempo, en pleno centro verdeamarelo. Tras el córner ejecutado por Nelinho, Zico anotó de cabeza en el arco del cartel electrónico el 2 a 1 en favor del conjunto brasilero, pero el juez sorpresivamente lo invalidó. El partido ya había finalizado merced a aquel silbatazo inoportuno.
En una de las coquetas butacas de los palcos de honor, en tanto, dos espectadores se quejaron ampulosamente por el juego brusco entre brasileños y suecos. Allí, ante la mirada cómplice de cierto sector del periodismo, el vicepresidente del Ente Autártico Mundial 78, el Contraalmirante Carlos Alberto Lacoste y el Almirante Emilio Eduardo Massera mostraron su enojo por la violencia ejercida por los jugadores de ambas selecciones, y cual, si fueran expertos y avezados conocedores del juego, analizaron y comentaron el partido con René Courte, Jefe de Prensa de la FIFA.
Los medios gráficos reflejaron en sus crónicas la estadía en la ciudad feliz de uno de los integrantes de la Primera Junta de Comandantes que el 24 de marzo había encabezado el golpe de Estado que derrocó a Isabel Martínez de Perón.
“El Mundial es un paso importantísimo para este país, pero sólo eso”, afirmó en Mar del Plata el Almirante Massera, Comandante en Jefe de la Armada y uno de los tres integrantes de la Junta Militar junto al brigadier Orlando Agosti y el general Jorge Rafael Videla. Y luego agregó: “Después del Mundial todo el pueblo argentino debe seguir poniendo el hombro para salir adelante. El país no resuelve sus problemas ni en diez ni en quince días. En el proceso de reorganización que vive el país -añadió- ha habido aciertos y errores; tras el Mundial se continuarán tratando de concretar los objetivos que las fuerzas armadas se han fijado y que, lógicamente, no pueden estar alejadas, y no lo están”.
Massera, aquella mañana, horas previas al cotejo entre sudamericanos y europeos, estuvo en visita de inspección en la Base Naval, uno de los principales Centros Clandestinos de Detención que funcionaron en Mar de Plata.
Quizás, aquella mañana, Massera llegó a la puerta y accedió al recinto de la Base en un vehículo manejado por su chofer. Traspasó la barrera principal, flanqueada por hombres armados y escuchó algunas voces en un radio transmisor que anunciaban su visita. Seguro no utilizaron ningún tipo de claves, “no traían un paquete”, por tanto, el auto pudo haber avanzado lentamente, superando un trecho muy corto donde predominaba una frondosa arboleda y se podía escuchar el golpe de las olas contra la arena.
Tal vez Massera esa mañana nunca perdió los estribos, se mantuvo calmo y recorrió cada espacio con pasmosa serenidad. Seguro no lo perturbaron los gritos desgarradores de una veintena de detenidos que eran torturados sobre una camilla, tampoco se sobresaltó al escuchar un viejo aparato de música que reproducía en altísimo volumen el bolero “Espérame en el Cielo”.
Acaso Massera, en el interior de la Agrupación Buzos Tácticos, no realizó gestos ampulosos ni alzó la voz. Ni en las dependencias de la Armería, ni en la planta alta ni el primer piso, ubicado sobre la playa, ni en la enfermería, preparada en la parte posterior de donde estaban los submarinos, ni en los baños que tenían puertas con mirillas. Evidentemente la impiadosa escenografía que estallaba frente a sus ojos nunca le resultó ajena y en consecuencia el olor a pánico que se esparcía desde las escaleras hasta los viejos ventanales pintados de negro y prolijamente tapados con papel, nunca alteraron ni un ápice su paso apático, furioso, frio, soberbio, cruel.
Probablemente, esa mañana, Massera caminó impertérrito la pequeña celda levantada con ladrillos de bloque sin revocar, deambuló impávido entre la sala de interrogatorios y la de tortura. Observó, inconmovible, restos nauseabundos de comida sobre una bandeja de metal compartimentada, adornada desprolijamente con algunos utensilios que tenían el logo de la Marina.
Imagino, que aquella mañana, ni los encapuchados, ni lo maniatados sentados en sillas de mimbre de estilo playa orientadas hacia la pared, ni los llantos de las embarazadas que eran violadas por sus verdugos, le desfiguraron el rostro cristiano al hombre vestido con traje. Nada le retorció las tripas, fue, quizás, una hiena regodeándose en medio del pánico, del pavor.
Sospecho que aquella mañana, al finalizar su visita de inspección, Massera le habrá dicho a su chofer que condujera sin contratiempos hasta un hotel céntrico, y que lo pasará a buscar después del almuerzo para que lo llevara al estadio Mundialista. Por la tarde jugaban Brasil y Suecia.
Vaya caprichos del destino, 48 años atrás, en los palcos de honor del estadio Ciudad de Mar de Plata, en plena dictadura, el genocida Emilio Eduardo Massera solo se horrorizaba por el juego brusco que ofrecían en el campo dos selecciones de fútbol…
Mario Giannotti (Docente. Periodista. Escritor. Maradoniano)


