
La muerte de Diego Maradona reflotó, entre tantas otras cosas, una vieja disputa filosófica entre quienes amamos el fútbol y aquellos que lo denuestan públicamente por tratarse de un fenómeno esencialmente popular. Muchos de los maldicientes acusan a los futbolistas de sudar mucho y pensar poco, aunque yo creo, como el Gordo Osvaldo Soriano, que nadie debe pensar tanto y a tanta velocidad como un jugador que recibe una pelota dando vueltas y enfrenta en cuestión de segundos a un arquero que lo mira a los ojos. Jorge Valdano, un sentipensante campeón del mundo en 1986, reflexionó años atrás sobre esta cuestión y desde las páginas de la Revista de Occidente promulgó una sana reconciliación entre literatos y futboleros. “Culturalmente despreciado, políticamente utilizado y sociológicamente reducido a una expresión popular de menor cuantía, el fútbol sigue atrapando la emoción dominguera de aficionados de todo el mundo, convertido en un cautivante fenómeno de movilización de masas que debería ser merecedor de una atención más respetuosa”. En consecuencia muchos historiadores, en mayor o menor medida, nunca llegaron a comprender y por ende a estudiar en profundidad el fenómeno social del deporte rey. Los intelectuales, en tanto, aún desconfían de sus ritos, entienden que la idolatría a la pelota implica la ausencia de pensamiento crítico, y expresan sin eufemismos que la razón y la cultura son doblegadas por un juego primario. En 1880 el escritor Rudyar Kipling se burló del fútbol y “de las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. El inefable Juan José Sebreli sostuvo cierta vez que «el acto de patear una pelota es ya de por sí esencialmente agresivo y crea un sentimiento de poder, amén de que la picardía de vencer al adversario basada en la trampa, la mentira, el disimulo, la zancadilla, tan alabada por todos los apologistas del fútbol como una forma de inteligencia natural y espontánea, no es sino una característica de la personalidad autoritaria». Sus libros Fútbol y masas y La era del fútbol encontraron una exquisita
respuesta del querible colega Juan Sasturain, quien desde una reseña bibliográfica le espetó: «Sebreli, vos andá al arco». Jorge Luis Borges dictó una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día y a la misma hora que la Selección Argentina jugaba su primer partido en el Mundial 1978. Y alguna vez dijo que el fútbol era popular porque la estupidez también lo era. ¡Allí van veintidós tarados corriendo tras una pelota!, vociferan a los cuatro vientos las almas bien pensantes y cultas del planeta. Absurda e hiriente simplificación de los académicos. Con dicho criterio podríamos afirmar que la novela Megafón o la Guerra de Leopoldo Marechal es una astuta combinación de tinta y papel y su autor un imbécil que pierde su tiempo narrando historias que pocos leerán. Eduardo Galeano, admirable defensor del juego que amamos, solía refutar las atribuladas miradas de los calumniadores al recordamos que el fútbol es “a pesar de todos los pesares, un espacio de expresión de destreza, y en ocasiones de belleza, un centro de encuentro y comunicación de los pocos lugares donde los invisibles pueden todavía hacerse visibles, aunque sea por un rato, en tiempos donde esa hazaña resulta cada vez menos probable para los hombres pobres y los países débiles”. Por fortuna también existieron, existen y existirán prolíferos intelectuales, historiadores y escritores que amalgaman en sus textos el amor incondicional por ambos géneros. Ellos, en definitiva, permiten que el fútbol y la literatura caminen tomados de la mano. Quedan en el tintero algunas frases que definen con una convicción profética irrefutable la belleza del balompié. Javier Marías dijo que «el fútbol es la recuperación semanal de la infancia», y el intelectual comunista Antonio Gramsci lo definió como «el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre». Con cierto tono romántico el checo Milan Kundera escribió que «tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo». Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, en tanto, sufrieron en carne propia el desprecio de los catedráticos, pues resultaba una cuestión imperdonable para los masturbatorios círculos literarios que estos hombres de letras fueran populares, que vendieran muchos libros y que además se manifestaran amantes del fútbol. La periodista española Almudena Grandes redactó en el Diario El País que “el fútbol es como la vida, una educación sentimental. Pretender que
sea algo banal sería como trivializar la vida misma. Esa idea de que el fútbol atonta a la gente y aliena a las personas en una sociedad con esta degradación me parece estúpida, hay cosas mucho peores”. Sin lugar a dudas el fútbol, según maradoniana definición de Osvaldo Bayer, es la humanidad en el pequeñísimo cosmos de un cuadrilátero verde. El dramaturgo peruano Santiago Roncagliolo agrega en este sentido que una cancha es el máximo teatro de nuestra identidad “Es donde todos ponemos en juego en un escenario lo que somos, lo que deseamos, lo que aspiramos como sociedad. Además, es estéticamente hermoso ver los movimientos de los equipos”. Acaso la mejor defensa del juego que amo la encontré en los años 70´en una de las páginas amarillas de una biografía futbolera. Uno de los primeros libros que leí en mi infancia lo compré en una mesa de saldos, en Balcarce, en una improvisada feria organizada en el cerro El Triunfo, tendría nueve o diez años. El libro en cuestión estaba en una caja de zapatos, recuerdo que pude pagarlo con el vuelto de una compra al almacén del Tano Farace. En la tapa, color naranja, emergía la figura de Ricardo Zamora, “el Divino”. El autor Francisco González Ledesma narraba vida y obra de uno de los mejores guardametas del fútbol español. En su primer capítulo descubrí una esclarecedora explicación que me permitió desenmarañar la fascinación que generan en las masas los ídolos populares. “¿Pero por qué gastan tanto dinero en retratar la vida de un futbolista? Al fin y al cabo ¿Quién es ese hombre? ¿Qué cosa inventó? ¿Qué vacuna descubrió? ¿Qué países conquistó? ¿Qué países liberó? ¿Cuántos libros escribió? ¿Qué hizo en pos del progreso y la ciencia?… La respuesta es simple, ese hombre los divirtió, ha hecho, ni más ni menos, que más llevadera la vida de sus semejantes”. Escribí estas líneas luego de escuchar a un pobre tipo decir con desprecio que Diego Maradona no debió ser velado en la Casa Rosada porque fue un simple jugador de fútbol. Si tiene razón. Un violín o una guitarra es tan solo un pedazo de madera con finos recortes de tripa que ofician de cuerdas y la novela Megafón o la Guerra de Leopoldo Marechal es una astuta combinación de tinta y papel. Pobre infeliz, no entendió
nada. Diego, el mejor de todos los tiempos, fue pura poesía colectiva, un poema popular donde cada uno de nosotros, pueblo al fin, aportamos nuestro mejor verso.
Mario Giannotti (Docente. Periodista. Escritor. Maradoniano )


